sábado, 20 de enero de 2007

Mr. Quinientín

No se puede evitar el luto. Mr. Qunientín se sentaba todo el caluroso día a beber del trago más barato, mientras a sus hijos les daba de comer la gente del "barrio". Su casita, su terrenito, sus frescas habitaciones de barro eran testigos del deterioro mental de su hijo mayor y de la desidia de su padre ... Claro, no siempre fue así, hubo un tiempo en que fueron una familia completa.
Redimira, una señora de la que copié una escandalosa risa era el sostén de la familia, trabajadora, sudorosa, desdentada y otra vez trabajadora; llevaba a su hijos al colegio sin bañarlos. La niña mayor: Rudith, amiga inseparable de su vecinita, una niñita tímida, acomplejada, temerosa ... Y sola, que peleaba todo el día con su abuela. Rudith tenía mucho carácter para su edad, era la mayor y yo le reglaba juguetes, aunque a veces se tomaba la libre atribución de llevárselos sin preguntarme antes. Era una familia como mi familia, su casa estaba al lado y sólo la separaba un cerco de alambrado bastante violado. La tierra húmeda fue nuestra cuna; el calor, nuestro aliciente. Rudith, Saúl y Royer; sucios como nunca me hubieran dejado estarlo, eran los compañeros de las ficticias balaceras en los yucales, mangos y demás huertas ajenas. Siempre sudorosos todos, juegando felices. Por esa época aún estudiaban, mi abuela les tomaba la lección con nosotros, comían con nosotros, se bañaban con nosotros. Mi casa les parecía un palacio.
La señora Redimira se fue un día, con Rudith ya adolescente y no regresaron. Mr. Quinientín era ya un alcohólico. Tiempo después, las lagunas mentales de Saúl, que antes eran motivo de risas, agudizaron. Saúl convulsionaba. Epilepsia. Lo vimos caer al piso y moverse como una vívora. Saúl y Royer fueron entonces el Chavo, ambos. Y Mr. Qunientín, se sentaba en su vereda de barro, a tomar 2 soles de licor, sudoroso, siempre borracho y perezoso. Botaba la comida regalada por no cocinarla. Los chavos en pantaloncitos rotos y sin polo, comiendo siempre en la casa de otros, del "barrio".
Yo dejé mi casa ... Regresé. Saúl caminaba sin rumbo por la calle, calato. Royer trabajaba en un vivero del barrio. Saul se subía a los árboles llorando, diciendo ... incoherencias? Royer, lo bajaba. Su padre estaba más flaco que los perros bagabundos, ebrio siempre, todo el día sentado, tomando 2 soles de quinientín. Su amigo bebedor había muerto de borracho no mucho tiempo atrás. El señor de la tienda no dejó jamás de venderles licor. Yo me fui nuevamente.
Hace unos días, el señor Lorenzo, Mr. Qunientín, murió por borracho. Días después que Saúl intentara matarse por vez número "cuchumil". Los chavitos están solos ahora.
Yo voy a regresar, a sudar en la tierra húmeda. En qué andaran entonces.
Foto: Diana Luz Quinteros

1 comentario:

El NeuroTransmisor dijo...

Historia triste ésa, pero de hecho es la realidad. La gente debería tomar al toro por las astas en vez de echarse a llorar o a alcoholizarse.
Está bien recrearse, pero ya perder la vida en eso es demasiado.