miércoles, 24 de diciembre de 2008

sobre la quincena del horror y el espíritu navideño


Tuve dos semanas infernales antes de terminar clases. Más de una vez me paré en seco en el abismo a mirar la proyección de mi futuro inmediato: "jalarás tooooodoooos los cursos... JALARÁS TOOOODOOOOO!... TOOOODOOOOOOOOOOO!!!". No recuerdo un sólo día de esos en los que me haya alimentado con propiedad -puras huevadas- y a la debilidad se le sumó un arranque de impaciencia. El catalizador de este infierno fue la ausencia de mi familia y la presencia de otros. La casa estaba llena de gente y mi exaltada personalidad histriónica no me permitía estar cómoda en ninguna parte. He gritado, renegado y llorado por no poder leer sin el ruido del televisor, sin que me digan una u otra cosa -a causa del ritual "cortés" de hablarle a alguien sólo por el hecho de que está cerca- y por no poder usar la computadora a mis anchas. Hice hasta lo imposible por llegar muy muy tarde a casa y tener algo de silencio pero no parecía haber conmutador para este embrollo. Y como castigada por el mismo infierno llegaron algunos obreros con la firme misión de volverme loca rompiendo mis calles.

Durante los dos últimos días de la quincena del horror todo se detuvo estrepitosamente. Se cancelaron los últimos exámenes, la mitad de la gente que estuvo bajo este techo había cumplido su misión en Lima y se regresaron agradecidos por el espacio que les brinda mi casa; el otro grupo enrrumbó hacia la celebración de las fiestas en otro lares -no tan agradecidos... quizá un poco espantados-, y los trabajos en mi calle se detuvieron. Me quedé completamente sola en casa y mi alegría no cabía en mi pellejo. Disfrute caminando en ropa interior por la sala, acomodando las cosas con la satisfacción que me da saber que nadie las moverá, pude leer lo que quise a la hora que se me pegó la gana y tenía tiempo para comer mi frejolito saltado en un chifa que no está cerca. Disfruté de dos días caminando a grandes pasos sobre flores fuccias, casi levitando como en cuadro de Chagall, mientras comía yogurt con fresas; hasta que recordé que al día siguiente todos llegaban. Caí al suelo y abrí los ojos como platos mirando al vacío, la imagen era aterradora: mi madre llegando de Tarapoto con una millonada de paquetes y un montón de desorden, José con sus agradables rituales de limpieza personal -hay que ser idiota para no darse cuenta del sarcasmo- y Román con su obsesión televisiva por el fútbol. Me quedaban tan solo horas para disfrutar de mi libertad. Me compré canchita y vi una película de Hayao Miyazaki que no había visto nunca, me di el lujo de usar la compu sin prender el módem del internet, hablé por el teléfono fijo durante casi una hora, cociné alguna estupidez que me salió muy rica, no se me dió la gana de ponerme pantalones, me liberé del malvado yugo del sostén y un polo gigante con un estampado en inglés cubría mis indecencias. La felicidad luego del crisol.

Mi familia llegó hace unos días. Todos tal cual los había imaginado: amororsos, bulliciosos y desordenados. Me sometí al yugo de la ropa interior nuevamente, veo de reojo el televisor con el recuento de goles de la semana y me tropiezo con los zapatos de mis hermanos en los pasadizos. Hoy me desperté a las 10 a.m. y no escuché a ninguno de los demás. Ni un grito, ni caída, ni risa, ni nada. Una pequeña descarga elétrica terminó por despertarme -una un poquito más intensa que la que bota la terma de la ducha de vez en cuando-, bajé la cama de un salto y fui a la sala. Mis hermanos y mi primo se habían quedado dormidos luego de jugar play en la madrugada. Olvidé mencionar que durante mis semanas agitadas sufrí de una extraña disfunción eréctil del espíritu navideño, andaba alicaído y no podía levantarlo; pero luego de la imagen que se desplegaba ante mi despeinada humanidad agradecí al cielo, los santos, Buda y Alá por tener a esta tira de locos conmigo. Desparramados en la sala me recordaron los regalos que encontraba por estas fechas cerca al nacimiento. Recordé al gordinflón sin barba que planeaba nuestras sorpresas navideñas, un flash-back me llevó a los días calurosos en los que escribía cartas para los reyes magos mientras mi padre se hacía el desentendido. Me senté en el piso a mirar estos bultos de carne humana y fui feliz con su desastre. Son los regalos que me dejó el gordo para esta y todas las navidades y no hay desastre ni desorden que me quite lo infinitamente feliz que soy hoy por tenerlos conmigo. Esta navidad mi gordo navideño tampoco está para hacer el nacimiento ni comprarme aceitunas, pero desde alguna parte reventará "cuetes" por esta familia que se quiere a su modo. La Navidad me atropelló, mis regalos se despiertan para desayunar.


FELIZ NAVIDAD :)
Pásenla tan bien como planeo hacerlo yo

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